Escuchando a José Mª Galán, Maestro de rastreadores, filósofo de la vida que huele, que sigue, que defiende y que también enseña a defender; mi memoria se retrotrae a tiempos muy pretéritos (¿de otras vidas, quizás?), neolíticos diría, donde del tapiz del suelo en un bosque se podían extraer varios niveles de lectura, del alfabeto de las huellas. Una experiencia atávica, sin duda, verle actuar en vivo, y, sobre todo, porque te hace ser lector en un aprendizaje que va mucho más allá de las palabras. La naturaleza se te abre como las páginas de un libro y te cuenta todos sus secretos. Sin esta capacidad del rastreo te pierdes un 90 % de lo que está pasando en el territorio que recorres